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Soñar, después de todo, es una forma de planificación. Gloria Steinem.

Los niños campesinos que ayudan a la Nasa a estudiar el cielo

Todos los días, estudiantes de Jardín (Antioquia) recopilan datos para analizar el cambio climático.


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Más allá de las montañas y cafetales, por el espacio aéreo de Jardín, en el suroeste antioqueño, entre las 9:48 y las 11:18 a. m., peregrina a diario, sin omisión, el satélite Terra de la Nasa.

En sincronía con la órbita del Sol, da la vuelta a nuestro planeta desde el año 2000, y en su trayectoria recopila los signos vitales de la Tierra: desde temperatura, radiación y tipos de nubes, hasta emisiones de incendios y fuentes de monóxido de carbono y de metano en la atmósfera.

 El análisis de estos datos da pistas a la ciencia sobre la salud del planeta. Lo curioso es que ni siquiera esta gran máquina, a la que se le atribuye la mayor recopilación de información sobre la Tierra desde el espacio, se salva de ser obsoleta por la ocurrencia de fenómenos naturales.

Entonces, en tierra, los estudiantes de la maestra Mercedes Arrubla, casi todos hijos de caficultores de la vereda El Verdún de Jardín, validan algunos resultados obtenidos por el satélite, sobre todo los relacionados con la afectación de las nubes al clima.

Como otras 3.400 escuelas de 83 países, en la Institución Miguel Valencia un grupo de niños curiosos y Mercedes, su profesora de matemáticas, registran de domingo a domingo, a la misma hora en que Terra orbita sobre Jardín, la dirección del viento, las características de las nubes, los niveles de lluvia y la humedad del municipio.

A través de un programa computarizado diseñado para los miembros del programa Ceres S’Cool, al que pertenecen desde hace 15 años, los alumnos envían los resultados de su análisis a la Nasa, donde la información les permite calibrar las mediciones del satélite y evaluar si sus instrumentos funcionan o no.

La hazaña podría quedarse en que una escuela rural de Jardín (Antioquia) envía datos a la Nasa. No obstante, para Mercedes y tres generaciones de estudiantes, el cielo se convirtió en “el libro más barato y más abierto de todos”.

Las matemáticas del cielo

Hace casi tres décadas, cuando Mercedes llegó a la Institución Miguel Valencia con la expectativa de estar solo un año, encontró a niños campesinos dóciles, “querendones, de los que todavía le llevan los libros a la profesora”.

Sin embargo, la mayoría le tenía pánico a las matemáticas, perdía los exámenes y alegaba que los números solo servían en la ciudad.

“Del miedo a las fórmulas y a la geometría hay que pasar al amor por los números”, pensó entonces la profesora, nacida en el municipio de Segovia, donde vio las heridas del conflicto armado y se enamoró de la sensación de resolver problemas del Álgebra de Baldor. Por eso inventó una guía con talleres y juegos que llamó ‘De la matematefobia a la matematefilia’.

Con la ayuda de estudiantes de la Universidad Nacional reunía a unos 120 niños todos los sábados, que reproducían experimentos de Galileo, calculaban la gravedad con fórmulas de Newton, medían áreas y jugaban a producir electricidad. “Hacíamos ciencia en vivo, esa que te hace amar los números”, recuerda Mercedes.

Así, poco a poco, los estudiantes de Jardín vieron las matemáticas con otros ojos. Pero fue el 5 de agosto del año 2000 cuando, definitivamente, perdieron el miedo a los números. Hernán Alonso Moreno, uno de los estudiantes de la Nacional, le sugirió a Mercedes Arrubla que se uniera a una convocatoria de la NASA para que sus estudiantes se convirtieran en observadores de nubes y medidores del clima para la agencia espacial de Estados Unidos.

Hace 15 años solo 12 niños aceptaron la tarea de dedicar sus días, incluso domingos y festivos, a hacer las mediciones. Al principio, el proyecto funcionaba con un tarro de plástico para ver los niveles de la lluvia, una veleta de cartón y una cartulina con termómetros para determinar la humedad. Ahora, con donaciones, tienen un sistema electrónico profesional que arroja datos mucho más precisos.

Mercedes Arrubla explica que los niños que pasan por su taller son los mismos que más adelante pasan por la universidad y tienen el mejor desempeño en las pruebas de rendimiento del Estado. “Las matemáticas se convirtieron para ellos en una excusa que les permite resolver los problemas de por qué sus mediciones no coinciden con las del satélite y cómo pueden mejorarlas”, cuenta.

Con ciencia se lee el campo

Con su proyecto no solo están aportando al análisis del cambio climático, sino que varias empresas del suroeste antioqueño (entre las que están trilladoras de café, hoteles y trucherías), así como tesis de grado y fundaciones que estudian la extinción del loro orejiamarillo, le han pedido a los estudiantes sus datos de humedad, viento y lluvia para certificarse e investigar.

El éxito ha sido tal, que la NASA le acaba de enviar una carta a Mercedes en la que le anuncian que entre los miembros de Ceres S’Cool, ella y sus estudiantes están entre los que mayor cantidad de observaciones han realizado para la agencia espacial: más de 3.900.

Asimismo, Yoana Walshcap Samper, colombiana directora del Instituto de Energía de las Américas y vinculada con la Universidad de Oklahoma desde 1990, conoció la propuesta y le ha ayudado a jóvenes egresados de la clase de Mercedes para que más adelante viajen a esta institución de Estados Unidos a cursar, becados, un programa académico, que en el caso de Benjumea será sobre meteorología.

Hernán Benjumea es uno de ellos. Este estudiante de Ingeniería Ambiental que pasó hace una década por el salón de clases de Mercedes Arrubla, coordina ahora Pluviored, una red de voluntarios observadores de la lluvia cuyos datos sirven para construir un gran mapa de las precipitaciones en el suroeste antioqueño, lo que a su vez le permitirá a los campesinos de la subregión tomar mejores decisiones para cultivar.

Desde hace dos años, distribuyeron 15 pluviómetros a agricultores de Jardín y de otros municipios de la zona, casi todos, padres de los niños que han realizado mediciones para la NASA.

Cada día, a las 7 a. m. y a las 7 p. m., los campesinos y sus hijos registran los datos de lluvia, los cuales le servirán a Hernán y a su equipo para investigar sobre ciclos diurnos y nocturnos de lluvia.

Ahora, por una convocatoria que ganaron, tendrán 95 equipos y esperan que con más información sea posible enviar un boletín al campesino de estos municipios sobre cuánta agua cayó en su finca y sobre cómo determinados niveles pueden impactar en sus cultivos y cómo prevenir desastres naturales.

Mercedes Arrubla, “una maestra cuyas acciones trascienden el aula de clase, que es capaz de leer el contexto del campo y de innovar en una escuela rural”, como la califica su exalumno Hernán, logró incluso hacer realidad una promesa fallida del presidente Juan Manuel Santos.

En junio del 2013, durante el encuentro de educación y nuevas tecnologías Virtual Educa, en Medellín, el mandatario se comprometió públicamente a apoyar el montaje de un sistema de medición, registro, análisis y divulgación de suelos, clima, biodiversidad, territorio y paisaje en la Institución Educativa Miguel Valencia.

Frente a las dilaciones del Gobierno, Mercedes se dio a la búsqueda de los recursos para hacer realidad ese sueño que optimizaría, desde la ciencia y desde la escuela, la labor del campo en Jardín y sus alrededores.

Bajo la premisa de que los valientes comienzan haciendo lo necesario y terminan logrando lo imposible, Mercedes acaba de conseguir 1.000 millones de pesos con organizaciones aliadas para que su escuela tenga un laboratorio al nivel del de una universidad y así aportar mucho más que diplomas y egresados: jóvenes del campo con nuevas lecturas de su entorno.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
Redactora de EL TIEMPO

Fuente: El Tiempo

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